Lo veo lo leo y me lo creo

Las mujeres centroafricanas se cansaron de ser violadas y asesinadas. Hoy, sobreviven por sí mismas

Si hablamos de privilegios, probablemente a lo largo de todo el mundo, y sobre todo en países considerados como “subdesarrollados” debido a su inmensa pobreza y sus situaciones belicistas con otros territorios, el requisito primordial para gozar de ellos sea ser hombre. En la República Centroafricana, al menos, los hombres declaran las guerras: matan, mueren, y se convierten en héroes o villanos según los resultados de sus conflictos. Entre medio violan, roban, hacen daño. Pero no importa. Son los valientes soldados. Es necesario rendirles pleitesía.

Las mujeres de la República Centroafricana

Pero ¿qué hay de las mujeres en estos lugares que parecen estarse convirtiendo en tierra de nadie, y que amenazan poderosamente contra la dignidad humana? Ellas también están ahí. En muchas ocasiones, detrás de los hombres, pero están.

La vida, como en todos lados, comienza en el paritorio. Aquí las reglas son bastante claras. Las matronas las manejan sin pudor, y las esparcen con la mayor esperanza posible entre las madres que llegan a conocer a sus bebés: si no respira en 20 minutos, morirá; si nace antes de la semana 26, morirá; si pesa menos de 800 gramos, morirá. 

Adele es una de las líderes. La local más experimentada en la extracción de niños del cuerpo de las mujeres. Ella vive en esa frontera. Pone esas reglas y difunde la palabra. Se preocupa de amasar los tiempos de vida de los infantes. Reta a la muerte intentando mantener en la tierra a los prematuros. En el paritorio, llaman a ese espacio entre la vida y la muerte “la zona gris”. Es un terreno difuso y del que nadie tiene predicciones. Solo la esperanza de lograr torcerle la mano al destino.

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Afuera, mientras tanto, la guerra continúa.

Pensemos en un ejemplo de ese terreno difuso: la mañana se levanta sobre la República Centroafricana. Con ella, dos gemelos nacen. Tienen menos de siete meses de gestación. Uno alcanza los 800 gramos; el otro, no. Este último se está llevando el peor pronóstico. Pero el equipo médico decide darles a ambos la misma oportunidad. “Zona gris”, repite una mujer italiana que se desempeña como jefa del equipo de Médicos Sin Fronteras. En neonatología, los médicos ponen a los bebés bajo mantas térmicas y estufas eléctricas. No hay incubadoras. Ese es todo el calor que pueden ofrecer. En cualquier otro lugar de país, ya habrían muerto. Adele habla sobre la compleja situación de neonatología: 

“Hemos atendido partos mientras disparaban al hospital, hemos sufrido asaltos y trabajamos muy duro para dotar de dignidad a la mujer centroafricana. En esta sociedad todo debería ir al 50% entre el hombre y la mujer. No puedo esperar que mi marido me sostenga, tengo que hacerlo por mí misma”.

Pero el paritorio es mucho más que un lugar donde las mujeres van a dar a luz. Ahí, también dejan ver todos sus miedos como madres. Tienen largas conversaciones sobre sus siete u ochos hijos. Muchas saben que deberán ver como, al menos, uno de ellos no llegará a los cinco años; y también saben que muy probablemente, deberán ver cómo los otros pasan por largos períodos de desnutrición durante toda su infancia; otras mujeres, las que han sido vulneradas por el abuso, hablan con miedo sobre los pronósticos de los problemas del parto. Niñas que se embarazan con 13 o 14 años, y van a abortar a lo que llaman una “doctora tradicional” que termina complicándolo todo por la falta un proceso quirúrgico correcto; mujeres que saben que deben parir en su casa, pero el nacimiento se complica, y corren a ver a las matronas cuando es demasiado tarde para el bebé. 

Por si fuera poco, las matronas no están solo para las vidas nuevas. También deben estar para las más viejas y quebrantadas. Obligadas a saber cirugía de guerra, deben recibir filas y filas de soldados heridos. Deben separarlos por sus pronósticos de supervivencia, pero intentan salvarlos a todos.

Los frentes

A pesar de que el conflicto centroafricano parece extenderse por kilómetros y años enteros, su frente es bastante más difuso y cobarde de lo que podríamos creer. No hay helicópteros, cañones, aviones, bombas de largo alcance. No hay campos de batalla. Las tropas de las milicias que salen a enfrentarse rara vez se encuentran. Los ataques se hacen directamente a aldeas de gente pobre e indefensa. Mujeres y niños son las principales bajas de estos ataques. Si buscamos un rostro visible, uno de los primeros será el de la pequeña Guendoline, una niña de cuatro años que espera en el aeródromo de Paoua, una de las zonas donde el conflicto hierve con más fuerza. En su pierna, lleva la marca de una bala. Está a punto de subir a un avión de Médicos Sin Fronteras. Van a llevarla hasta Bangui. Ahí, la espera una intervención médica. Es la única opción posible de que conserve la pierna. 

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La guerra de las mujeres

En la localidad de Camp Kassai, una mujer dispara un arma de grueso calibre. Su nombre es Salma. Está rodeada de militares centroafricanos. Todos ellos intentan reintegrarse al ejército nacional. Vienen desde milicias cristianas y musulmanas. Algunos, incluso eran enemigos hasta hace algún tiempo. Salma, al igual que ellos, recibe instrucciones. Se prepara para el enfrentamiento armado. Antes de cambiar la carga de su AK-47, habla sobre su experiencia:

“Antes me sentía desprotegida en las calles y tenía miedo. Por eso me hice soldado. Ahora llevo un arma y sé usarla. Ningún hombre se atrevería a violarme ahora”.

Pero Salma no es la única en tomar las armas con sus propias manos. Un montón de chicas jóvenes han estado reportando interés en el ejército. Ellas se forman en un programa de la Unión Europea que les permite ser un brazo de la milicia. Esta situación se ha convertido en una excepción histórica: nunca, ninguna milicia musulmana o cristiana, reclutó mujeres para ser soldados. Algunas sí recibieron entrenamiento militar, pero nunca antes fueron enviadas a un campo.

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Una guerra silenciosa

Pero la guerra no funciona solo desde las mirillas de las armas y las bombas. La violencia sexual se esparce de maneras insospechadas por todo el territorio centroafricano. Han sido años de conflicto, y el abuso de los militares contra los civiles se expande como el daño al territorio. El contrato social que pena la violación ya se pasó completamente por alto. El abuso sexual queda impune. Se viola en el pueblo, en los mercados, en las casas de amigos y vecinos, incluso dentro de la propia familia. Según los datos de la ONU, se reportaron cerca de 17.000 violaciones en 2017. Aunque, en realidad, la culpa asociada culturalmente a las mujeres por haber vivido estos actos, hace que muchas veces callen. Finalmente, también hay un porcentaje importante de abusos que no son denunciados.

En el hospital público, una unidad de violencia sexual liderada por Médicos Sin Fronteras lleva adelante todos los procesos médicos relacionados con abuso. Ahí, dos niñas llamadas Colette y Fatimata esperan su turno. Colette tiene 14 años; de Fatimata no se sabe demasiado. No habla. Tiene marcas en todo el cuerpo por las palizas que le daba su marido. Ella se negaba a tener relaciones con él por tener tuberculosis. ahora vive con protección en la casa de una ONG y teme salir a la calle; otra niña, también de 14 años, está operada por daños intrauterinos. El hombre con el que la obligaron a casarse la violó en repetidas ocasiones; otra niña más está en el proceso de recuperación de un desgarro muscular vaginal porque su vecino la violó. La encontró en el mercado y la hizo entrar a su casa por la fuerza. Todas ellas, además de apoyo de rehabilitación física, también cuentan con un equipo de psicólogos a su disposición.

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Las familias rechazan a sus hijas violadas. Al final del día, cuando una mujer es violada, tiene mucho más miedo de ser humillada por su propia familia que de no encontrar justicia en contra del violador. Prefieren callar. Médicos Sin Fronteras implementó un programa de violencia sexual que promete total discreción para todos sus participantes. Ha sido, tristemente, un éxito: cada tarde, una larga fila de muchachas toca la puerta trasera del hospital. Ese es el único modo de que entren sin que nadie las vea.

Al final del día

Al final del día, las mujeres, tan débiles y desesperanzadas según el resto del mundo, han donado su obra al resto: aprendieron el entrenamiento militar, extrajeron bebés de cuerpos ajenos, y lograron solucionar (y ayudar a solucionar) problemas de violencia sexual. Desgraciadamente, parece ser que en la República Centroafricana, no hay muchas esperanzas en la vida, pero Adele sigue sacando a los bebés pacientemente. Una nueva vida ha nacido.

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Es una niña.

SFuente

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