Lo veo lo leo y me lo creo

Los niños en la cocina, las niñas a la nieve. Así combate los roles de género esta escuela sueca

Probablemente el tema de la década sea el del género: transiciones, deconstrucciones, asociaciones biológicas. Una larga lista de dudas y cambios se han venido presentando con mucha más fuerza y visibilidad desde fines de los ’90. Y parece solo ir en ascenso. La ciencia aún no ha llegado a la conclusión de si estas diferencias son parte de algo biológico o cultural, pero muchos padres entusiastas, y escuelas encargadas de criar a pequeños humanos han intentado tomar este desafío. 

El preescolar Seafarer

Apenas tenían dos años cuando las maestras identificaron un problema. Los alumnos del preescolar Seafarer, ubicado en Estocolmo, estaban demasiado inquietos y centrados en sí mismos. Los niños gritaban, golpeaban y pataleaban. Su inquietud estresaba enormemente a sus maestras; las niñas, en cambio, parecía que solo sabían llorar, quejarse, y pedir favores a los adultos. A los docentes les inquietó verlos y reconocer en ellos el estereotipo del género perfectamente reproducido: los niños comenzaban a amenazar con una masculinidad más cultural que biológica; sus compañeras, con esa condescendencia con la que lamentablemente asociamos al género femenino. 

En esta escuela, la dirección no acepta esas imposiciones de género. Así que los maestros sacaron todo lo que pudiese dividirlos, y convertirlos en estereotipos de lo que creemos de un niño y una niña: afuera cochecitos, muñecas, balones, figuras de acción. Los niños fueron enviados a la cocina, y a las niñas las pusieron a gritar “¡no!” a todo lo que diesen sus pequeños pulmones. Creían haber descubierto algo, pero debía estudiarse a largo plazo. Decidieron poner cámaras de vídeo en el aula, y se sentaron pacientemente a ver cómo pasaban los días si implementaban esto como un método de enseñanza.

Andrea Bruce

A pesar de que esto podría intimidar a algunos padres, sobre todo latinoamericanos, en Suecia esto está permitido y es celebrado. Muchos preescolares estatales (populares entre los padres por sus bajos precios a cambio de dejar a los niños hasta 12 horas diarias desde el primer año de vida), están en la cruzada por una deconstrucción del género. Los programas de estudio del estado alientan a todos los educadores del recinto a ser, más que solo pedagogos, ingenieros sociales. Están en las aulas enseñándoles a niños a combatir lo tradicional, no solo a contar o el abecedario.

La situación ha llegado a tal punto que, muchos de los maestros de los preescolares suecos, no se refieren a los alumnos como “él” o “ella”. Prefieren hacer otras cosas. Los llaman por sus nombres, o les dicen “amigo”. Los juegos también se organizan de manera que los niños no se dividan por género. Deben aprender que todos tienen las mismas capacidades para desenvolverse tanto en juegos de gran demanda física, como en otros que les sugieran mayor contemplación y paciencia. Durante el año 2012, se introdujo legalmente un nuevo pronombre para que los maestros llamasen a sus niños de forma neutral: “hen”. Las instituciones de educación suecas lo han ido adaptando de a poco. A pesar de que, en un principio, había establecimientos que estaban plenamente en contra de una sugerencia de deconstruir el género, el hen se ha ido tomando cada vez más escuelas en el país. 

Según los lingüistas del mundo, es la primera nación en adoptar una medida de esta naturaleza.

Un estudio designó a estos muchachos como “preescolares de género neutral”. Según sus conclusiones, algunos comportamientos pensados como conductas “biológicas” desaparecen cuando se les da a los alumnos un pronombre que no refiera a ningún género. Ahora, los niños de esta escuela no demuestran preferencia por compañeros de juego del mismo género. Niños y niñas piensan que ambos tienen mismas aptitudes para juegos asociados a tareas domésticas o al fútbol. Sin embargo, los especialistas aseguran que los infantes siguen percibiendo el género de la misma manera que antes: haciendo una asociación directa con el aspecto físico.

Hace no mucho tiempo, Elis Storesund, experta en género de la escuela, decidió reunirse con dos maestros de los niños de 4 y 5 años, y analizar las hojas de trabajo. En el análisis de los dibujos, Melisa Esteka, una maestra de 31 años, aseguró que las niñas se dibujan a sí mismas con maquillaje y pestañas largas. Pero al preguntarles por qué no dibujan a los niños con pestañas, si ellos evidentemente las tienen, ellas responden que ya saben que “no es como en la vida real”. Sobre esto, Storesund aseguró que “están intentando entender qué significa ser una niña”. La maestra Esteka se notaba bastante frustrada. Se había propuesto a sí misma que su objetivo como educadora fuese que los niños no volviesen a identificar las cosas en asociación a un género según el aspecto. Sin embargo, a esa edad, los niños ya comienzan a absorber y reproducir todos los estereotipos sociales que les son planteados: constantemente bombardeados por atractivos donde las mujeres tienen el pelo largo y brillante, y todas lucen cuerpos dignos de presentar ropa de diseñador en las pasarelas; además, la sobreexposición a la televisión hecha por directores y productores que siguen pensando en el género y el sexo con una morbosidad inquietante, los hace evitarse el cuestionamiento a tan corta edad.

Storesund y algunos niños de la escuela/Foto: Andrea Bruce

Un origen esperanzador

Cerca de los límites del mar Báltico se alza Trodje, una pequeña ciudad que no superó los 333 habitantes en su censo del 2010. Allí, Ingemar Gens, un periodista que incursionó en la antropología y la teoría de género, tuvo una idea. 

Gens venía estudiando a una serie de suecos que buscaban esposas tailandesas por correo. Por sus investigaciones, fue nombrado “experto en equidad de oportunidades” de su distrito, y desde ahí, quiso romper con la norma de la masculinidad fría e impasible.

Para atacar el problema desde la raíz, Gens comenzó desde el preescolar. Principalmente, por la cantidad de horas diarias que los niños suecos invertían en los establecimientos educacionales. Pasó por muchos sugiriendo su idea y, finalmente, dos escuelas decidieron adoptar su modelo. Su nombre era “estrategia de compensación de género”. Los profesores separaron a niñas y niños durante un trozo del día, y les enseñaron “normas culturales” apegadas al otro género. 

Los niños debían sentarse en el suelo y masajearse los pies entre sí. Las niñas tuvieron que salir al patio, caminar descalzas en la nieve. Gritaron al vacío hasta que sus cuerdas vocales no dieron más.

Andrea Bruce

Fines de los 90 en uno de los países con la masculinidad más tradicional y estoica de toda Europa. Las críticas no se tardaron nada en caer sobre el periodista. Según una declaración dada por él:

“Nos dijeron que estábamos adoctrinando a los niños. Yo digo que es algo que siempre hacemos. La crianza es adoctrinamiento”.

Después, pasó a dejar de separar a los niños. Propuso un enfoque “género neutral” que buscaba, a grandes rasgos, eliminar las diferencias entre los niños y las niñas del salón. Desde entonces, la propuesta de Gens comenzó a correr de boca en boca. Llegó como un enorme grito al gobierno. En 1998, Suecia ya añadía una nueva forma de expresión a su programa de estudios nacional. Esta tenía una exigencia para los preescolares:

“Contrarrestar tanto los roles como los patrones de género tradicionales”.

Además de esto, el programa comenzaba a exigir que los niños explorasen por fuera de sus limitaciones del rol que les imponía su género. Así, cada escuela comenzó a incursionar por sus propios medios en las formas de devastar lo que los suecos conocían como un hombre o una mujer tradicional. 

El paisaje actual

A pesar de que parece ser un panorama prometedor para la educación europea, e incluso mundial, hay un importante sector conservador que se opone a estas medidas. El partido de extrema derecha Demócratas de Suecia, que está en el poder desde el 2014, ha amenazado constantemente con suspender las enseñanzas que “buscan cambiar el comportamiento y la identidad de género de todos los niños y jóvenes”. Sin embargo, las esperanzas están puestas en que estas amenazas no avancen, pues las políticas de igualdad de género cuentan con el apoyo de los principales partidos suecos, y sin sus votos en el congreso, no hay mucho que puedan hacer.

Hoy, los pequeños que hace 20 años estrenaron el programa de Trodje, ya son adultos funcionales. Elin Gerdin, por ejemplo, tiene 26 años. Fue parte de la primera generación, y está estudiando para ser maestra. Se ve como una mujer tradicional: tiene un cabello largo, brillante y oscuro. Pero ella repara en esto: sabe que en apariencia es convencionalmente femenina. Sabe que el género es una imposición cultural y estética. Algo que uno decida llevar puesto. En sus palabras:

“Es una elección que tomé porque soy esta persona. Y soy esta persona porque soy producto de la sociedad”.

Elin Gerdin/Foto: Andrea Bruce

Elin sabe que, a pesar de tener apenas algunos recuerdos vagos sobre su educación preescolar, hay algo que lleva encima. Una responsabilidad social. Y asegura querer continuarla, cumplirla, y perpetuarla. Según ella, su generación es un grupo de niños que ya creció. Ahora será su turno de tener hijos, y les hablarán de esto. Sin embargo, asegura saber que no es fácil cambiar a una sociedad entera. 

Para los maestros, a pesar de ser una labor en la que ponen todo su esfuerzo y fe, tampoco es algo fácil. Aseguran que en muchas ocasiones recurren a formas del lenguaje que son excluyentes en el género. En ocasiones, aseguran, deben reformular sus ideas y las cosas que dicen para halagar a niños y niñas sin aludir a su condición. Pero también, dicen, es increíblemente reconfortante encontrarse con los cambios que han logrado hacer en sus vidas.

Los pequeños en el corto plazo

Una de las maestras del grupo, Izabell Sandberg, habló sobre una niña de dos años que era la vida imagen de la femineidad tradicional cuando llegó a la escuela. Sus padres la vestían con medias y vestidos rosa pálido. La principal preocupación de la pequeña era su limpieza. Debía estar siempre impecable, o el estrés le caía encima. Si alguien más tomaba sus juguetes, ella era incapaz de decir algo. Solo se descompensaba. Silente, sufría. En palabras de la maestra:

“Aceptaba todo. A mí eso me pareció muy de niña. Era como si estuviera disculpándose por ocupar un espacio”.

Andrea Bruce

Pero todo acabó una mañana hace algunos días. Ella se puso un sombrero, y acomodó unas bolsas para que estas la rodearan. Eran el paisaje imaginario de una expedición imaginaria. En un momento, un niño del salón se acercó sigilosamente hasta ella. Intentó sacar una de las bolsas. Ella se impuso frente a él, le mostró la palma de la mano, y le gritó ¡no! Todo el salón pudo oírla. Sandberg pensó que había ocurrido un accidente. 

El grito era algo que habían practicado. Según la maestra, para marzo, la niña ya hablaba tan fuerte que el volumen de su voz superaba e intimidaba a todos los niños del salón. Además, había perdido el miedo a ensuciarse. Sus padres ya no estaban precisamente fascinados. Alegaron en la escuela que se había convertido en una niña contestataria. Muy desafiante. Inquieta, tal vez, por conocer los límites de sus padres. 

Izabell Sandberg y sus alumnos/Foto: Andrea Bruce

Pero Sandberg no se ofusca cuando los padres se quejan. Ella les replica, calmada, que esa es su misión. Crear niños y niñas inquietos y desprejuiciados. Y ningún reclamo los va a detener.

SFuente

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.