Lo veo lo leo y me lo creo

Masacró una disco gay en 2016. Ahora su esposa debe pagar por él ¿es justo que se haga responsable?

La primera vez que Omar Mateen, de 29 años, levantó alguna sospecha, fue durante el 2013. Estaba junto a unos compañeros de trabajo, y dijo algunas cosas indeterminadas y bastante sospechosas. Supusieron que tenía vínculos con terroristas, pero decidieron dejarlo pasar. Un año después seguía repitiendo esa clase de comentarios. El más alarmante, fue que hablara con devoción sobre Moner Mohammad Abusalha, un ciudadano estadounidense que realizó una misión suicida en Siria. Entonces, decidieron notificar al FBI.

Myspace Omar Mateen

Pero según Ronald Hopper, un agente de la oficina de Tampa, nunca hallaron ninguna prueba que lo vinculase con alguna organización terrorista. 

Mateen vivía en Florida, pero había nacido en Nueva York. Estaba bajo investigación, pero nunca le negaron el seguir trabajando como guardia. Prestó sus servicios para la empresa G4S desde el 2007. Según el registro que manejan las autoridades, el hombre compró un rifle AR-15 y una pistola de manera legal durante junio del 2016.

Según Daniel Gilroy, uno de sus ex compañeros de trabajo, Mateen hablaba a menudo sobre matar personas. Aseguraba estar en contra de todas las minorías históricamente oprimidas. Odiaba a los negros, homosexuales, judíos y mujeres.

Myspace Omar Mateen

Probablemente, a estas alturas, parezca poco ortodoxo que nadie viese venir lo que pasaría una semana después. 

El crimen

Omar Mateen entró a eso de las dos de la mañana a Pulse, una discoteca gay en Orlando. Pulse tenía, entre su público, fama por dar buenas fiestas, y acoger especialmente bien a los latinos. Pero todo lo que construyeron fue destruido por un solo hombre. Mateen llevaba un rifle de asalto y una pistola encima cuando cruzó el umbral de la puerta. Una vez dentro, llamó al 911 para declarar que actuaba en nombre del Estado Islámico, la famosa facción que controla una parte importante del Medio Oriente. Apenas colgó su teléfono, ahogó el ritmo del merengue y la salsa con disparos y gritos. 

 

Carlo Allegri

Todo sucedió en cosa de minutos. Las primeras víctimas regaron el suelo de la pista de baile con su sangre. La histeria se generalizó. Decenas de personas corrían por los espacios apagados del recinto. Los que lograron salir, ni siquiera pensaron en mirar atrás. Comenzaron a oírse sirenas de policía y ambulancia. Como estas últimas no fueron suficientes, algunos policías llevaron heridos al hospital. 

Los que no lograron salir, buscaban cómo esconderse al interior del recinto. Algunos alcanzaron a llamar al 911, o a actualizar en sus redes sociales, para que sus contactos notificasen a las autoridades del suceso. La propia página de Facebook de Pulse publicó “Salgan de Pulse y corran”. 

New York Daily News

A los sobrevivientes no les fue fácil aguantar. El ataque duró hasta cerca de las 5 de la mañana. Tres horas completas encerrados con un hombre armado y peligroso. Tomó rehenes. Probablemente esperaba negociar cuando la policía logró entrar utilizando explosivos y un vehículo blindado. Más de 10 efectivos de la policía intercambiaron balazos con Mateen. Uno de ellos resultó herido, pero su casco desvió una bala que, de cualquier otro modo, lo hubiese matado.

A esas alturas de la noche, al menos, había una razón para volver a sentir un poco de calma. Mateen había sido abatido. Pero la cantidad de muertos y heridos era impresionante. 

Quedó registrado como el peor acto terrorista en la historia de los Estados Unidos desde el 11 de septiembre del 2001. Habían 49 víctimas fatales y 53 heridos. También pasó a la historia como el ataque más cruento a la comunidad gay en toda la historia del país. Fue plenamente condenado por ministros, organizaciones, ciudadanos, y hasta el presidente. 

Hillary Swift

El Estado Islámico también se adjudicó por sus propios medios el ataque.

Las consecuencias

Ahora, por los crímenes de Omar Mateen, Noor Salman, la que fue su esposa hasta el día de su muerte, debe comparecer a la justicia. Se la acusa de haber “proveído apoyo material” al Estado Islámico, y obstruir a la justicia. Además, el FBI asegura que la mujer confesó haber ayudado a Mateen a pensar en una coartada, y hasta lo acompañó a ver el club nocturno un par de días antes del ataque. Sin embargo, niega haber participado (de manera intelectual o física) de los hechos. Es más, según ella, ni siquiera sabía sobre la idea que tenía su difunto esposo de atacar el club. 

Este hecho atrae una gran pregunta a las comunidades y organizaciones pro derechos de la mujer en todo el mundo. ¿Qué tan justo es que Salman pague esas culpas? Cualquier persona que tenga poca relación con el caso, podría asegurar que ella estaba en pleno uso de sus facultades y su voluntad cuando se decidió a prestar ayuda a Mateen los días previos a su ataque. Sin embargo, si analizamos la información que se maneja de Salman, probablemente nos demos cuenta de que muchas personas están llegando a conclusiones demasiado apresuradas, y que ella no fue sino otra víctima de Mateen que logró sobrevivir.

Jim Wilson

Los antecedentes de la pareja

Hasta antes de la masacre que Mateen llevó a cabo, maltrataba física y emocionalmente a Salman. La golpeaba, trataba de estrangularla, la amenazó en variadas ocasiones con asesinarla, la violó sistemáticamente, y la obligaba a mantenerse encerrada en la casa que ambos compartían. Hoy, los abogados de Salman alegan que ella vivía atemorizada a todas horas por la presencia de su esposo.

Los tiradores y el abuso

A pesar de que muchos de nosotros lo hayamos ignorado, hay una larga lista de tiradores masivos que también fueron abusadores domésticos. Si lo pensamos bien, hacer esa relación no parece algo tan descabellado: ambas tienen en común el enorme grado del abuso de poder, y la búsqueda de generar miedo ante el más débil. Esto a pesar de que, culturalmente hablando, ostenten un poder mucho mayor que ellos. Porque todos sabemos (y esto, muy a pesar de que nos sintamos personalmente en un profundo desacuerdo) que un hombre blanco y heterosexual, tiene mucho más peso para la sociedad actual que una mujer, o un hombre homosexual.

Solo por dar algunos ejemplos: cuando a fines del 2017, Devin Patrick Kelley entró a asesinar a 26 miembros de la  Primera Iglesia Bautista de Sutherland Spring, en Texas, había sido juzgado por el tribunal militar de la Fuerza Aérea apenas unas semanas antes. ¿La razón? Violencia doméstica; El francés Mohamed Lahouaiej Bouhlel, quien asesinó a 84 personas arrollándolas con un camión en Niza, Francia, en 2016, se había topado en más de una ocasión con las autoridades por haber golpeado a su esposa; lo mismo pasó con James Hodgkinson, quien disparó contra algunos miembros del Congreso durante un partido de béisbol en el 2017. Hodgkinson había sido procesado por abusar de su hija adoptiva. 

St. clair County Sheriff’s Department

Entonces, y sabiendo esto, ¿qué grado de responsabilidad podemos darles a personas que también son víctimas de los abusos de estos sociópatas? 

Si bien, no necesariamente todos los agresores domésticos tienen por qué convertirse en unos potenciales tiradores masivos, ni éstos tienen que haber pasado antes por la violencia doméstica, lo cierto es que los porcentajes también avalan esta creencia. Según un análisis de estadísticas del FBI, un 57% de las balaceras contra más de cuatro personas, entre el 2008 y el 2012, fue efectuado por personas que habían asesinado previamente a algún cónyuge, pareja sentimental, u otro miembro de su familia.

Entonces, ¿podemos realmente suponer, de manera realista, que estos supuestos “cómplices” actúan de acuerdo a su verdadera voluntad? 

Lo cierto es que nadie tiene la respuesta. No se puede enjuiciar socialmente a alguien sin una investigación previa. Volvamos a Salman. A los supuestos arreglos con su esposo, a la creación de una coartada en conjunto, al hecho de que lo acompañase antes a la discoteca. Ahora, al mencionar los hechos, y teniendo los datos previamente mencionados, parece adquirir otro matiz, ¿no? De repente la libre elección dentro de sus propias decisiones comienza a entrar en un terreno difuso.

Muchos expertos hacen referencia a un concepto para los casos de violencia doméstica que resultan ser especialmente peligrosos. Los llaman “terrorismo íntimo“. Cuando una relación está normada y guiada por el terrorismo íntimo, el agresor intenta controlar todos los aspectos de la vida de su pareja: a quién ve, cómo se viste, cómo maneja su dinero, cuál es su relación con su familia. Así, de una manera tan gradual que la víctima no se da cuenta, todos los aspectos de su vida cotidiana pasan a ser una decisión del agresor. Detrás de esto, hay un contrato implícito. Si la víctima hace caso, no será agredida físicamente; pero si decide alzarse en contra de estas imposiciones, las agresiones físicas continuarán y, en muchos casos, podrían volverse más graves. Entonces, la violencia se define como el modo último de establecer el control. 

Facebook/Noor Salman

Pensarlo dos veces

Las personas tenemos un sentido de justicia y comunidad que intenta superarlo todo. En ciertas medidas, eso está bien. Funciona. Se demuestra cierta empatía. Una comunidad entera se une para combatir un acto que los hizo sentir vulnerados y atemorizados. Finalmente, es así como las víctimas de terrorismo se unen en contra de sus agresores. La compañía siempre nos ayudará a aceptar y superar el miedo.

Sin embargo, nuestro sentido de justicia siente un enorme vacío cuando no tiene hacia quién dirigirse. ¿A quién vamos a culpar si el tirador fue abatido por la policía? Buscar cómplices dentro de su propia familia puede no ser lo más sensato. A pesar de que, en muchas ocasiones, ha sucedido que parejas, padres e hijos, y hermanos actúan juntos, en total conocimiento de sus facultades, y listos para asumir esa clase de consecuencias, no podemos convertir eso en una regla. Es necesario que no olvidemos algo. Si una persona es capaz de irrumpir en un lugar cerrado y seguro para atentar contra la vida de todos a quienes encuentre ahí, hasta ser derrotado por las balas de la policía, probablemente esa persona también es capaz de hacer actos terribles en su vida privada.

No enjuiciemos a Noor Salman antes de tiempo, porque no tenemos las respuestas. Si actuó o no por voluntad propia, será el juzgado quien lo determine, y ella estará lista para pagar por la complicidad ante los crímenes de su esposo. Sin embargo, también es necesario abrirse a la posibilidad de que ella no haya sido, en realidad, culpable de sus actos. 

SFuente

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