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Murió de gripe y tuberculosis en 2018: Los indígenas de Amazonas que no se acercan a la civilización

Cerca de 1624, el poeta inglés John Donne escribía: “Nadie es una isla completa por sí mismo. Todos los hombres son una pieza del continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o tu propia casa. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy envuelto en la humanidad. Por eso, nunca te preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti.”

Cosas como esas nos hacen pensar que realmente estamos todos envueltos. Que en una época en la que ya superamos la herida de las colonias; los celulares nos han brindado el contacto inmediato; y el feminismo y los derechos a las minorías nos hacen ponernos en los zapatos de los otros, la humanidad ya puede considerarse una sola. 

Desgraciadamente, historias como la de Jakarewyj nos demuestran que estamos equivocados. Un día indeterminado de 2017, ella murió en una hamaca en lo más profundo de la Amazonía brasileña. Pasó dos años enferma de gripe y tuberculosis antes de que su hermana Amakaria la encontrara tendida, delgada y con los ojos entreabiertos en su hamaca. Tenía una herida de bala en el pecho. Dicen que contrajo las enfermedades de los madereros ilegales que entraban a la selva, y que seguramente ellos mismos fueron quienes le dispararon. Aún muerta, sostenía su cabeza con un brazo, como si aún estuviera pensando qué haría cuando se levantase.

Survival International

Jakarewyj no llegó a la selva por pura coincidencia, pidió expresamente que se le permitiera vivir en la Tierra Indígena Carú. Ella era una de las últimas mujeres awás que van quedando. Vivió durante muchos años junto a Amakaria y su hijo, Irahoa. Los tres eran nómadas. Cazaban y recolectaban su alimento. Se movían de sus lugares por temporada. Sin embargo, llegado cierto punto, enfermaron. Tuvieron que acercarse a los awás “establecidos”, aquellos que tenían contacto con el mundo exterior y que tenían residencias fijas, pero a pesar de estar resguardados, su sistema inmunológico no pudo con la amenaza exterior. En solo dos meses, Jakarewyj había muerto.

Jakarewyj vive en un lugar común

Según el medio español El País, en el mundo hay más de 100 pueblos indígenas que no tienen contacto regular ni pacífico con la sociedad exterior. A pesar de estar repartidos por el globo, suelen concentrarse en la Amazonía, en el Chaco de Paraguay, en las islas Andamán de la India y en Papúa occidental. Según Sarah Shenker, investigadora de Survival International, una organización que defiende los derechos de los pueblos indígenas: 

“No sabemos mucho de ellos porque están aislados, pero sabemos que dependen completamente de sus tierras para sobrevivir”.

Imagen del territorio awás. Un pequeño paraíso verde en medio de la deforestación. (Foto: Survival International.)

El enunciado de Shenker no significa, en absoluto, una crítica hacia los pueblos indígenas que han decidido mantenerse alejados. Al contrario, la investigadora y la organización de la que forma parte, están en medio de una campaña global llamada “Déjenlos vivir”, que busca que las personas tomen conciencia sobre la explotación de los medios y los lugares sagrados de algunas tribus, y llama a librar el espacio y las tierras de las amenazas del exterior.

Alejados de la civilización

Dicen que los indígenas no contactados son el tipo de nativos más vulnerados de todos. Según Survival, la situación más delicada de todos estos pequeños grupos humanos, es la de los awás. Han sufrido una pérdida paulatina de su territorio por la deforestación que provoca el tráfico ilegal de madera; la irrupción de las empresas petrolíferas, y la construcción de infraestructuras que vulneran el entorno, los han hecho desplazarse y enfermarse. A todo esto, hay que sumarle toda la actividad ilegal, o que pasa por el rabillo del ojo de la ley: la apropiación de los espacios selváticos es una actividad importante para los narcotraficantes: tras el verde espeso que ofrece el Amazonas, nadie puede encontrarlos. 

Survival International

Por si esto fuera poco, la estructura política de Brasil tampoco los ayuda. Según su Constitución, los indígenas tienen garantizada su propia estructura social, y tienen derecho a regir sobre sus tierras. Sin embargo, fuera de la legislación, esto es bastante distinto: el Estado siempre los ha presionado para que vendan sus terrenos, cotizadas a lo largo del mundo por tener una enorme biodiversidad y una infinidad de recursos. A pesar de que algunas organizaciones internacionales han intentado entrar a ayudar a los awás, el Congreso brasileño está formado, en gran parte, por políticos antiindígenas. Ellos, por supuesto, están completamente de acuerdo con cambiar la Constitución para que sea más fácil para el Gobierno irrumpir a la fuerza en esas tierras.

Incluso en la profundidad de las tierras más protegidas, los awás tampoco están seguros. Según Shenker, también hay una larga probabilidad de que sucumban ante las enfermedades traídas del exterior:

“Más del 50% puede morir poco tiempo después de un primer contacto a causa de enfermedades como la gripe o el sarampión, frente a las cuales ellos no tienen inmunidad”.

Survival International

La agenda política está atada de manos

Hablemos de desarrollo. En estos momentos, la mayoría de los países del mundo se ha planteado algunos objetivos importantes a la hora de hablar de cambios sociales: garantizar el acceso universal a la atención sanitaria, a la educación, y reducir la mortalidad materna. Sin embargo, se habla realmente poco de los indígenas no contactados. Según muchos de los participantes de la política mundial, es necesario internarlos en la sociedad. Al menos en Brasil, hasta 1987, uno de los principales objetivos era “contactar” y “pacificar” a los awás, pero eso solo singificó pequeñas tragedias para la población indígena: homicidios, enfermedades y vulneraciones. Shenker asegura que ese es uno de los errores más grande a la hora de enfrentarse a la forma de ver el mundo de los indígenas:

“No ayuda llevarles una medicina o dotarles de una educación formal si no se van a aprovechar de ello porque han muerto. Por otra parte, es un argumento arrogante porque da por hecho que los no indígenas sabemos mejor cómo deberían vivir. Pero ellos tienen su manera, sus medicinas y su forma de educar a los niños en lo que van a necesitar de adultos: aprenden a cazar, a pescar, a interpretar las señales del tiempo. Aprenden de las historias orales de sus pueblos. Estamos a 2018 y ellos siguen resistiendo a pesar de todo, ese es el argumento más revelador”.

Además, fuera de las vulneraciones más “formales” y rápidamente identificables, también es importante considerar que, el sacar a los indígenas de su entorno (uno con el que sienten una profunda conexión espiritual y religiosa), también los despoja de su identidad, y eso genera un nuevo ciudadano con educación formal, pero confundido y deprimido. 

Los madereros ilegales son una de las amenazas más grandes para los awás (Foto: Survival International)

En muchas ocasiones, esto los hace caer en el alcoholismo o el suicidio.

Ahora, Amakaria está sola en el mundo. Su hijo se enamoró, y decidió quedarse en la comunidad en la que vivía con Jakarewyj. Amakaria no pudo soportarlo. Tras la muerte de su hermana, decidió irse. Vagó durante semanas por la selva, perdida entre las hojas y los caimanes. Ahora, la mujer vive en otra comunidad awá. Asegura que no quiere estar sola. 

SFuente

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