Lo veo lo leo y me lo creo

Sus hijas nacieron prematuras y no respiraban. En lugar de llevarlas al hospital, rezaron. Una murió

Sarah Mitchell nunca tuvo demasiado claro qué hacer en caso de quedar embarazada. Ella y su esposo Travis nunca creyeron en cuidados ni controles. Tampoco en métodos de interrupción del embarazo. La única guía de Sarah, de 24 años, fue un libro llamado “Qué esperar cuando estás embarazada”, una guía ligera para futuras madres que, por supuesto, no suplía asistencia médica ni controles regulados, como ella pensaba.

“Pero qué podría salir mal”, pensaron ambos. Sarah comenzó a tener trabajo de parto 7 semanas antes de lo que su calendario mental había alcanzado a visualizar. Además, traía con ello otra sorpresa: gemelas.

Sarah y Travis, de 21 años, viajaron hasta la casa de los padres de ella, en Oregon. Para ellos, el parto era una especie de celebración compartida. Llenaron la casa. Mientras Sarah daba a luz en el cuarto principal (si no se hacía una ecografía siquiera, por qué darle dinero a un hospital para recibir a un niño), otras 60 personas esperaban la gran noticia en el salón. Todos los asistentes, al igual que la pareja casada, eran parte de la Iglesia de Cristo.

Sarah y Travis (Foto: Clackamas County Sheriff’s Office)

La consigna de todos ellos era clara: la curación se extenderá por el cuerpo mediante la fe. No necesitamos cuidado médico. La medicina moderna jamás superará nuestras oraciones.

Pero, a pesar de los rezos en la casa, las dos pequeñas que dio a luz Sarah, a las que llamó Ginnifer y Evelyn, salieron del útero con serias complicaciones respiratorias. Pasaron las primeras horas, y Ginnifer hacía esfuerzos demasiado grandes por juntar un poco de oxígeno para sus pulmones. Los órganos prematuros no dependen de la intención de su dueño. Viéndola llorar y levantar y hundir su pecho con velocidad, su padre la ungió con aceite. Otros presentes comentaron al medio estadounidense BuzzFeed News que los fieles “ayudaron” a la pequeña, pero nadie entró en detalles.

De a poco, Gennifer comenzó a perder el color. No hubo aceite ni plegaria que la salvara. Ninguna de las 60 personas presentes en la casa llamó a la ambulancia o la policía. Oraron con más fuerza. Ni la vida ni el temor a la ley no les quebrantaron la fe.

Cuatro horas después, Ginnifer dejó de respirar. El resultado de la autopsia arrojó un agotamiento en sus pulmones prematuros. Travis comentó después a un equipo de investigadores que había hecho todo lo que pudo, pero al final solo se había permitido contemplar a su hija completamente quieta: “Supe que estaba muerta cuando dejó de llorar”, comentó.

Sarah y Travis en el juicio (Foto: AP)

Después de que la bebé murió, solo una persona se decidió a llamar a un funcionario médico de la ciudad. Ese día, Eric Tonsfeldt, médico forense adjunto de Clackamas recibió una llamada que decía algo sobre una bebé asfixiada en un parto casero. Según la voz que emergía de su teléfono, habían otras 60 personas en casa y nadie había hecho más que orar. Extrañado, fue hasta la casa de los padres de Sarah. Allá, cuenta, encontró a la madre arrullando tiernamente al cadáver de su hija, envuelta en una sábana blanca.

Tonsfeldt asegura haber percibido un ambiente profundamente hostil en el lugar. Según él, la gente rehuyó de las explicaciones cuando él les hizo preguntas para armar una ficha sobre el caso. Ninguno de los fieles lo miró a los ojos mientras investigaba. A pesar de haber tenido enormes reparos en el momento, el forense cayó rápido en la cuenta de que había otra niña en riesgo médico: se veía demasiado pequeña, y también se estaba esforzando mucho por respirar. Cuando la vio, rápidamente le dijo al joven matrimonio que debían llevarla a un servicio de urgencias para que la pusieran en una incubadora y la pequeña pudiese desarrollarse bien. Lo más probable era que compartiera el destino de su gemela si no se hacía nada. En ese momento, el padre de Sarah, Walter White (sí, como el de Breaking Bad) interrumpió la conversación con un “Gracias por su aporte”.

Tonsfeldt no iba a aguantar eso. Rápidamente, se puso en contacto con oficiales de policía. Ellos llegaron hasta el lugar, y terminaron persuadiendo a la familia de buscar asistencia médica profesional para Evelyn. Ellos, más atemorizados por el peso de la ley que convencidos de cambiar el estado de salud de la pequeña, terminaron llevándola a un hospital, donde la estabilizaron con oxígeno. Los médicos de turno aseguraron que Evelyn también presentaba signos de agotamiento respiratorio. Finalmente, fue transferida a un hospital infantil. Allí, logró una recuperación total, y fue llevada a una casa de acogida. Ni Sarah ni Travis volverán a verla. O, al menos, eso se espera.

Sarah y Travis en el juicio (Foto: AP)

El lunes, el matrimonio debió enfrentarse a la ley. No se deja morir negligentemente un hijo sin pararse frente a un juez. Los cargos son de homicidio negligente por Ginnifer, y maltrato criminal por Evelyn. El juez los sentenció a ambos a más de 6 años en prisión. La pareja no dio muchas declaraciones, sin embargo, firmaron una declaración en la que aseguraban haberse equivocado y estar arrepentidos: “Debimos buscar el cuidado médico adecuado para nuestros hijos y todos en la iglesia deberían comenzar a hacer lo mismo“, se alcanza leer en su breve misiva.

Ahora, sin esperarlo, la pareja también terminó poniendo a su discreta iglesia en el ojo del huracán.

Una de las cosas que más llamó la atención de las creencias de estos fieles, es que se opusieran solo a algunos tipos de asistencia médica profesional. Para ser más específicos, solo se oponían a la humana: la pareja no tenía problemas con llevar a su perro y gato al veterinario regularmente.

Además, los fiscales también señalaron que Ginnifer es la cuarta niña nacida en una comunidad de la Iglesia de Cristo que muere en 9 años. Según se tiene constatado, los otros tres infantes también murieron por negligencias médicas bastante parecidas y vinculadas al matrimonio. En 2011, por ejemplo, la hermana y el cuñado de Sarah, Shannon y Dale Hickman, fueron condenados por homicidio involuntario y sentenciados a 6 años en prisión por la muerte de David Hickman, su hijo recién nacido. David, al igual que su prima Ginnifer, había nacido prematuro y murió apenas algunas horas después. Cuando los servicios forenses llegaron, la hermana de Sarah lo tenía entre los brazos, en la misma habitación en la que la pequeña Ginnifer había muerto.

Shannon Mitchell y Dale Hickman entrando a tribunales (Foto: AP)

Ese mismo año, Rebecca y Timothy Wyland fueron condenados a 90 días en prisión por maltrato criminal después de que la visión de su hija Alayna quedara permanentemente dañada. Alayna había tenido un pequeño brote infeccioso en su ojo meses atrás, y ellos la dejaron sin tratamiento. Con el paso del tiempo, una complicación solucionable en el corto plazo se volvió seria. Cuando la pareja fue a juicio, Alayna tenía una enorme pelota de carne sobre su ojo que deformaba todo su rostro. Algo parecido sucedió el 2010, cuando Jeffrey y Marci Beagley fueron condenados por homicidio negligente y condenados a 16 meses en prisión después de que su hijo Neil, de 16 años, muriera de un bloqueo en su tracto intestinal que decidieron no tratar.

En 2009, Carl Brent Worthington fue encontrado culpable de maltrato criminal y sentenciado a 60 días en prisión después de que su hija, Ava, muriera de neumonía y una infección a la sangre. Su esposa, Raylene, fue absuelta de todos los cargos que se le imputaron en un principio.

Rebecca y Thimoty el día de su juicio (Foto: Oregon Live)

A pesar de que Travis y Sarah no representan un caso totalmente particular en las muertes de menores a su cargo por neglicencia, sí son los primeros miembros de la iglesia que se admiten culpables de los crímenes en la corte y aceptan la responsabilidad criminal que se les adjudica.

Parece ser que ahora viene un largo período de reflexión para ambos. Sarah fue criada en esta doctrina. La Iglesia de Cristo fue fundada por su abuelo, quien se basó en el movimiento pentecostés para erguir su propia fe. Ahora, los datos comienzan a caer, y según un análisis del medio local The Oregonian, 21 de los 78 niños enterrados entre 1995 y 1998 en el cementerio de la Iglesia de Cristo, podrían haber sobrevivido si es que hubiesen recibido asistencia médica.

SFuente

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